LÍMITES. Y entonces, ¿qué hago?

Ilustración: Pareja de niños columpiándose.

En la anterior entrada publiqué extractos de un artículo bastante extenso de Casilda Rodrigáñez en el que analiza el modelo que normalmente seguimos los padres a la hora de establecer límites a nuestros hijos después de la etapa primal y desde dónde deberíamos, según su visión, establecerlos. 

Creo que en líneas generales el artículo de esta autora ofrece unas claves muy interesantes para considerar y reflexionar. Yo he hecho mi reflexión en base a la propia experiencia, mía y de otros tantos padres y madres con los que tengo trato cada día. Por eso en esta entrada comparto lo que yo he observado y vivido en este proceso de ir mostrando a mis hijos los límites que son útiles en el mundo y les pueden ayudar a relacionarse de la mejor manera posible con otras personas. Aquí os dejo esa reflexión…

¿Por qué es importante establecer límites a nuestros hijos? 

Es importante porque nuestros hijos están viviendo en sociedad junto con más personas. Necesitan aprender, experimentando, lo que es el respeto hacia los demás, que procede de la bondad del corazón. Necesitan conocer un marco en el que moverse para sentirse seguros. Les ayudamos a percibir ese marco cuando les demostramos que todo fluye si actúan desde esa bondad y se muestran educados o comprensivos hacia los demás, o cuando les mostramos que la armonía de los demás (recoger los juguetes del comedor para que la casa respire y los demás podamos caminar sin tropezar, por ejemplo) es también su propia armonía.  Esto es, como dice más abajo el artículo de C. Rodrigáñez: “criar y socializar a las criaturas para que sean felices”. Si no vamos informando de estos límites y no les ayudamos a que experimenten esa armonía, los niños se acaban perdiendo sin saber realmente qué es el respeto por sí mismos y por los demás y en qué situaciones pueden hacerse o hacer daño.

¿De qué modo lo hacemos? 

Normalmente, marcamos los límites dando órdenes. Si nuestros hijos no hacen lo que consideramos nosotros, no es muy raro que les plantemos un “obedece”, o dos, o tres seguidos sin respirar, porque es lo que tienen que hacer, y punto. De este modo subestimamos las capacidades de los niños y su capacidad de pensar o tomar decisiones. 

¿Desde qué posición? 

Desde una posición superior, que nos da el poder de ordenarles y obligarles a seguir nuestras directrices sin remisión. Nos quejamos de la prepotencia de nuestros jefes en el trabajo pero nosotros la usamos en casa. No quiere decir que toda nuestra dinámica sea ésta, nada es blanco o negro. Pero a poco que miremos y seamos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que al final es la que más usamos. 

¿Por qué actuamos así con nuestros hijos? 

“Porque así lo aprendí yo”. Así nos educaron a nosotros, y a nuestros padres, y siga usted la línea para arriba. “Hombre, ahora han cambiado muchas cosas”, dicen algunos. Pues la verdad, no tanto. Ha cambiado la forma, ya no se pega con el cinturón ni se hacen otras burradas, pero no el fondo. El fondo sigue siendo: obedece, haz lo que te dice papá y calla, como hagas eso te castigo. Si haces lo que yo te digo, te doy un premio y me pongo contento porque eres bueno. Si no, un castigo y me pongo triste porque eres malo. Sin quererlo, porque no somos conscientes, llevamos a nuestros hijos a actuar por interés en la vida. Asumen que hay que hacer las cosas bien porque se llevarán un premio o para ganar el cariño del otro. Y además les interesa comportarse así, puesto que si no hacen lo que se espera de ellos tendrán un castigo o no les querrán. De este modo tampoco aprenden a buscar respuestas por sí mismos, a cuestionarse qué quieren y si es armónico para todos. Porque además, solemos mostrarles que competir es bueno. 

En general actuamos así porque es lo que siempre hemos conocido. No tenemos otro modelo de relación con los niños excepto el autoritario. Sociedad, cultura, educación… siempre nos ha dirigido por este camino. “Es que si se les da todo lo que quieren, al final se te suben a las barbas”. Esto lo dicen también los jefes de empresa. Entonces achuchan al personal y les dan muy poquito de lo que los trabajadores piden. Y los trabajadores, ¿están contentos con los jefes? No. Los trabajadores dicen: si nos dieran algo más de lo que les pedimos, que tampoco es tanto, estaríamos más contentos y motivados, tendríamos más estima por ellos, trabajaríamos más y el equipo se vería beneficiado. Vaya vaya… qué cosas… Igual los niños no se nos subían a las barbas si nos tomáramos el tiempo de explicarles por qué algunas cosas no pueden ser y si en vez de dar una negativa tras otra, les concediéramos un poquito más de lo que piden y confiáramos más en ellos. 

Al final asistimos a verdaderas batallas campales en las que estamos todo el día discutiendo en un toma y daca, en una ristra de negaciones por nuestro lado, y en otra ristra de negaciones por parte de nuestro hijo que se niega a hacer lo que le decimos porque está harto de sentirse vetado y reacciona como puede. 

Y entonces, ¿qué hago? 

El primer paso es la consciencia de esta dinámica interpersonal, que es la que usaron con nosotros y la aprendimos a fuego. Por ello, es la que reproducimos. La consciencia se hace presente a través de la observación, la apertura de mente y de corazón. Observar con atención la posición y la actitud que tomamos respecto a nuestros hijos cuando se trata de límites y sus reacciones a lo largo del día. 

No se trata de defendernos de esta dinámica, de buscar excusas, ni tampoco de culpabilizarnos, solo de cuestionar si lo que hacemos nos parece genuinamente bueno. Si no es así, tal vez sea momento de buscar en nuestro interior la mejor manera de salir del bucle. 

¿Es esto fácil? Ehhh… en general, no. Pero es posible ir entrando en otra dinámica , poco a poco, hasta crear patrones más sanos para todos . Lo fácil es nuestro juego habitual: yo digo y tú haces. Yo establezco normas y tú obedeces. Salir de aquí no es fácil porque:

  • Habría que bajar del estrado en el que nos hemos subido a sentar cátedra. Los niños también son maestros y merecen respeto. Nosotros les enseñamos unas cosas. Ellos nos enseñan otras. Bajemos del estrado, hablémosles desde nuestra experiencia, mostrémosles las “normas” del mundo. Y escuchemos lo que tienen que decirnos. Dialoguemos. Esto no quiere decir que los límites los pongan ellos, eso es trabajo nuestro. Quiere decir que se los exponemos desde otra posición que no es la de estar por encima y tener el poder de imponer “porque lo digo yo”.
  • Habría que poner en marcha los motores de la empatía, esto es: ponernos en el lugar del niño y considerar su deseo (que no es lo mismo que un deseo adulto, es una pulsión vital propia de su desarrollo sobre la que aún no tienen control), antes de tomar una decisión.
  • Habría que actuar con más creatividad en el trato con nuestros hijos, es una gran aliada. Acude en nuestra ayuda cuando dejamos a nuestro niño interior aflorar… pero mecachis, somos tan adultos en todo momento…
  • Habría que comenzar a hacer acopio de paciencia para explicar con sinceridad a nuestros hijos el por qué de cada cosa que les pedimos, y si es preciso, explicarles también las consecuencias. “Si no te lavas los dientes, dentro de un tiempo puedes tener caries y dolor de muelas. El dentista se encarga de esto, pero puede ser bastante doloroso y tu dentadura es para toda la vida, mejor cuidarla…”. Si aún así no quiere lavarse los dientes, puedes lavártelos tú con él o inventar un juego para que no sea algo aburrido. Y si aún así no quiere… estará en manos del padre la solución. Una opción es dejar que una caries le perfore la muela y vea las estrellas. Sería un aprendizaje totalmente experiencial, tal vez un poco drástico… Cada padre vería el mejor modo observando al niño.

Explicaciones calmadas en vez de órdenes. Qué trabajoso… con lo cansados que vamos a menudo… Es verdad. No es fácil. Vamos cansados y estresados, y tenemos mucha prisa, un montón de cosas que hacer, y vienen los niños “a tocarnos las narices”, que es la sensación que nos recorre por desgracia algunos días. Pero ellos, en el fondo ya lo sabemos… no vienen a eso. Normalmente vienen a pedir un poquito de atención amorosa de la forma en que saben hacerlo. Las rabietas son una llamada de atención al Amor verdadero. Y no suele ser posible resolverlas en el momento, porque estallamos todos. Hay que hablarlo, pero más tarde, todos más tranquilos.

Pero si yo hablo con mi hijo”. Tal vez. Sermonear no es dialogar. Contar nuestra película tampoco. Ojo con la energía que emitimos cuando hablamos con ellos. A veces, cuando nos parece que estamos dialogando, el tono y la tensión de la voz nos delata. Nos engañamos. 

Esto de la paciencia se torna un trabajo titánico con algunos niños que vienen pisando fuerte…no desesperar, pues en el fondo se calman cuando les sientes por dentro y les das todo tu amor. Hay niños que han nacido con “las ideas muy claras” y tienen una energía que arrasa, probablemente la necesitarán en un futuro… Con ellos es bueno respirar e ir marcando esos límites alternando la firmeza, la escucha y el cariño.

  • Implicaría el dejar que se equivoquen aún viendo nosotros con antelación que se van a equivocar. Esto no solemos practicarlo, pero tal vez en alguna que otra ocasión que no entraña mucho peligro no estaba de  más.
  • Hacer todo esto conlleva conectar con nuestro Amor incondicional de madres y padres. Casi nada.

Ahora bien… ¿De dónde sacamos esa paciencia, cariño, creatividad, empatía… es más, de dónde sacamos ese Amor tan incondicional que necesitamos para tratar a nuestros hijos? ¿Es esto solo cuestión de voluntad? Ehhhh…. en general, no. La voluntad es la palanca que te ayuda a comenzar con un proceso de cambio. Pero por santa voluntad no brotan y se expanden todas esas cualidades que vienen de serie en nosotros. Eso requiere un trabajo más profundo donde cabe descubrir cómo se encuentra el niño que habita en nosotros, por citar un comienzo. 

Porque yo no puedo llegar a practicar ese Amor incondicional con mi hijo si no me amo yo de la misma manera, que suele ser lo que sucede; y así, sin querer, volcamos nuestras frustraciones con los niños. Pero esto forma parte de nuestro aprendizaje en esta vida, los hijos nos hacen de espejo y nos muestran nuestras miserias precisamente para que podamos sanarlas. Entonces, hacer que todas esas cualidades inherentes al ser humano como la paciencia, el cariño, la empatía o el amor broten hacia fuera no puede ser solo un trabajo voluntarioso de corrección conductual, sino también un trabajo a nivel interno que sane las heridas que hay en lo profundo. 

A día de hoy, aún tengo momentos en los que “me subo al estrado” y sermoneo, pierdo la paciencia, ordeno y grito a mis hijos sin conexión alguna con ellos y sin explicaciones por delante. Pero voy comprendiendo esta parte de mí y voy dándole cabida a otra madre mucho más amorosa que se hace niña con mis hijos e intenta informarles de esos límites necesarios y de las posibles consecuencias de no seguirlos. Cuando entra en juego esta otra madre que cambia la dinámica del autoritarismo y la va tornando en otra cosa, entonces se genera armonía y todos nos suavizamos

Si yo lo experimento, ¿cómo es posible que aún perdure la otra dinámica y la utilice sin piedad? Ay… el cambio no es tan sencillo, volvemos y volvemos a caer en lo que se nos grabó a fuego, y entonces la culpa, sobre todo en las madres, nos hace papilla. Es que también nos dijeron de uno u otro modo que sentir culpa “es bueno”, vaya… ¿creéis que es bueno? ¿Es un sentimiento que te eleva? Más bien lo contrario… luego no sirve para nada. Hay otra cosa que se llama responsabilidad y conciencia, asumes lo que has hecho y tomas una dirección en consecuencia. Haríamos bien en inculcar esto a nuestros hijos en vez de hablarles de si tienen o no la culpa de lo sucedido. 

No es tan sencillo el cambio pero, ¿es posible y es factible?  Sí. Cambiar la herencia y los patrones culturales, sociales, familiares… es una carrera de fondo que irá transformando los contornos y el contenido de la educación de nuestros hijos. Ellos están aquí para cambiar la sociedad, no son como lo fuimos tú y yo. Vibran más alto y tienen más abierto el corazón, por eso mismo chocan de plano con las estructuras mentales férreas que queremos imponerles. Desean que les escuchemos, que les sintamos, que les abracemos. Que les abracemos mucho… ese gesto que traspasa cansancios, órdenes, límites y fronteras…

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Profesora de Yoga para adultos y familias, sanadora a través del canto y del sonido, canalizadora de imágenes y mensajes de guías espirituales
y Maestra de Reiki Usui Tibetano.

2 Comentarios

  1. Eso es, lo primero conectar con ellos en lo emocional, en lo que sienten (sobre todo en momentos duros como rabietas, conflictos…) y cuando les ayudamos a pasar ese momento ya pueden razonar (y nosotros).
    Muy bien expresado Nuria, gracias.

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