Renunciar a los apegos

¿Alguna vez has escuchado una voz dentro de ti que con firmeza te decía “se acabó”?

Cuando escuchas esa voz, no hay vuelta de hoja. Sabes que es el momento de renunciar a aquello que ya no tiene cabida ni sentido en tu vida. Es una certeza tan aplastante que no deja lugar a réplica. Su motor no es la mente, así que cualquier excusa para rebatirla es inútil.

Renunciar a algo o a alguien que ha alimentado una creencia mental, una dependencia o algún tipo de necesidad externa, así de primeras, no mola en absoluto. Ese algo o alguien mantenía parte de tu seguridad, acotaba tus espacios, te proporcionaba calor cuando hacía frío y mantenía tus emociones a salvo. Todo controlado. Perfecto.

Salvo por algunos detalles. Aquello que “te mantenía a salvo” pactaba silenciosamente contigo para mantener la dependencia basada en el miedo a perder la seguridad, o el calor, o el control… Y cuanto más te dejabas llevar por los acuerdos tácitos que se iban fortaleciendo, más poder delegabas, más débil te hacías.

Qué difícil se hace a menudo renunciar a algo. O a alguien. ¿A quién le gusta sentir dolor? ¿A quién le gusta romper patrones de años y años, rutinas vitales, enganches emocionales?

Renunciar así de primeras no mola. Por eso no puedes hacerlo “castigándote”. La voluntad de dar este paso ha de venir de una fuerza interior genuina. Pero a veces es el camino más sencillo para recuperarse a uno mismo. Para tomar verdadera conciencia de que no existe la seguridad tal y como nuestra mente la desea, que los espacios por donde podemos movernos son infinitos y que tenemos alas para volar sin vértigo alguno, que el calor más intenso y acogedor se halla en el corazón de uno mismo, que las emociones están para vivirlas, reconocer a todas ellas y traerlas de vuelta con amor. También al dolor. La renuncia genera dolor. A veces es tan fuerte que parece que el interior se te parte en dos. Pero lo que sangra es la herida que hay detrás. Es la carencia que te hizo buscar el depender de algo o de alguien. Lo sabes, porque en el mismo momento en que cortas los lazos, o algún tiempo después, comienzas a sentir paz, incluso liberación. Si lo haces con sanidad, llega un punto en que no hay resentimiento ni culpa hacia nada ni nadie. Sencillamente comprendes el juego implícito. Perdonas. Y amas.

Entonces una parte de ti renace. Te reencuentras con partes tuyas que estaban deseando salir y brillar. Dejas de ser escasez y comienzas a ser abundancia. Te aceptas. Vas eliminando juicios internos y externos. Experimentas de veras que el Amor hacia mi propia persona es lo que me empodera, lo que me hace grande y Divino. Y que ese Amor es tan inmenso que abraza todo sin reservas, abraza también a aquellas cosas y personas a las que elegiste renunciar, y agradecido, guarda un lugar eterno para ellas en el corazón.

Si esta vida es un juego, hagámoslo lo más liviano posible. Si renunciamos a apegos, tras el dolor elevémonos, este gesto de despedida sólo puede finalmente traer ligereza y gozo a nuestra vida. Y esto sólo sucede si en lo profundo comprendemos las reglas. Mira más allá de tu nariz. Expande tu conciencia. Para y medita para conocer a Dios. Juega. Y en el recorrido, aunque caigas en la posada, el pozo o la cárcel, diviértete ante todo.

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Profesora de Yoga para adultos y familias, sanadora a través del canto y del sonido, canalizadora de imágenes y mensajes de guías espirituales
y Maestra de Reiki Usui Tibetano.

8 Comentarios

  1. Que liberador es darte cuenta de los apegos y dejarlos atrás aunque sea difícil pero el amor es la tabla de sanación.
    Gracias por expresar tan bonito Nuria. Un abrazo.

  2. Hola Nuria. Gracias por el artículo. Yo lo suelo llamar soltar, porque cuando decimos “renunciar” parece que estamos perdiendo algo y es algo a lo que inconscientemente nos resistimos, pero al “soltar”, nos liberamos, aunque al principio cueste.

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